Semblanza del Dr. Carlos Bertolasi (1932 - 2008),
Maestro de la Cardiología
ADOLFO POLICHE*
*Ex Presidente de la Federación Argentina de Cardiología.
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La dirección de la Revista me ha encargado la hon-rosa y a la vez dolorosa misión de escribir esta nota, para despedir a un amigo entrañable. No puedo negar que ello me causa sentimientos encontrados, entre los que prima el dolor de tener que volcar en el papel la realidad de su partida, que de ninguna manera puede mitigar la satisfacción que surge ante la oportunidad de rendirle el más que justo homenaje que él se merece, por medio de estas líneas.
Comenzaré repasando algunos aspectos de su trayectoria vital. Nació el 27 de septiembre de 1932. Su padre era un "médico de barrio que estaba permanentemente en la trinchera", como él lo definía, siempre solícito con quienes buscaban sus servicios, y su madre era una ama de casa, con alma de samaritana, ya que en sus horas libres, concurría a los hospitales para ayudar a los enfermos a sobrellevar sus sufrimientos. En este ambiente familiar, donde la solidaridad y la proyección benefactora hacia el prójimo eran el signo dominante del quehacer cotidiano, nació y creció Carlos Bertolasi, y allí recibió los ejemplos y las enseñanzas fundacionales. Llegado el momento ingresó y cursó sus estudios primarios y secundarios en la Escuela Argentina Modelo, donde tuvo como maestros –entre otros–, a Carlos María Biedma y a Rosario Vera Peñaloza, a quienes evocaba con gran admiración y cariño. La influencia de todos ellos contribuiría a modelar y definir su rica, recta y polifacética personalidad que, con el curso de los años, lo convertirían –más allá de sus méritos científicos–, en un arquetipo humano excepcional y un ejemplo de acrisolada conducta, valorada por todos los que lo conocieron y trataron, y disfrutada por quienes fuimos sus amigos.
Ingresó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires en una época de graves turbulencias políticas en el país, que repercutieron en el seno de las Universidades, que fueron avasalladas y en el caso de Medicina, insignes maestros fueron apartados de sus cátedras. En ese ambiente nada propicio para el estudio, cursó regular y brillantemente la carrera y egresó en el año 1956, a los veintitrés años. Con el título de médico en sus manos, de inmediato comenzó su concurrencia al Instituto Modelo de Clínica Médica del Hospital Rawson, ya que aspiraba a profundizar sus conocimientos en aquella rama de la medicina, antes de iniciar su capacitación en la especialidad de cardiología, por la que había expresado su inclinación cuando apenas contaba con 12 años de edad. Para cumplir con este último objetivo, concurrió más tarde al Pabellón "Luis H. Inchauspe", del Hospital Ramos Mejía, que con la dirección del doctor Blas Moia, era en ese momento el centro más importante de la especialidad en el país, donde se formó una verdadera pléyade de cardiólogos, que después ocuparían las jefaturas de la mayoría de los servicios de la especialidad en los hospitales municipales de Buenos Aires, en diversas provincias de nuestro país y en países extranjeros. En el mes de junio de 1958, me incorporé a dicha institución, en calidad de becario de la Municipalidad de Buenos Aires. Muy pronto nació nuestra amistad, que para ese mes de este año iba a cumplir medio siglo. Ella se basaba en inquietudes y aspiraciones comunes, y afines procedimientos para lograrlas. A comienzos de la década del 60, casi al mismo tiempo, ambos nos alejamos de aquel querido Pabellón, en el que dimos nuestros primeros pasos en la especialidad y en el que además del doctor Moia, recibimos las enseñanzas y los ejemplos de verdaderos maestros, entre los que se destacaban Mauricio Rosenbaum, Atdemar Álvarez y Edison Otero.
Ël había ganado un concurso mediante el cual ingresó en la carrera hospitalaria, debiendo cumplir funciones en el servicio de cardiología del Hospital Argerich, cuya jefatura ejercía el doctor Fernando Batlle. Allí continuó cumpliendo a rajatabla con uno de los consejos recibidos de su padre, que él consideraba como un deber sagrado poner en práctica: "al Hospital se debe ir siempre, temprano y gratis". En ese escenario, apoyado siempre por el doctor Batlle, a quien junto al doctor Moia, él consideraba sus dos grandes maestros desarrollaría en plenitud algunas de las facetas más destacadas de su personalidad, como organizador, creador, docente, investigador y publicista, convirtiendo a un servicio hasta ese momento intrascendente e ignorado, en uno de los más prestigiosos entre los Hospitales Municipales de Buenos Aires, por la disciplina, la responsabilidad, la idoneidad y el respetuoso trato que impuso en la realización de las tareas asistenciales, la creación de la Unidad Coronaria, la implementación del sistema de Residencias, la sistemática y rutinaria realización de Ateneos sobre diversas temáticas, la creación y el dictado de Cursos de Capacitación y Actualización, a los que concurrían profesionales no solamente de la ciudad de Buenos Aires, sino de diversos lugares del país y aun del extranjero, y como culminación de esta intensa y prolongada actividad, surgieron numerosos trabajos científicos y el primero de los diez libros que publicó, aquel que escribió en el año 1965 conjuntamente con Colombí, Pisani y Justich, al que tituló: "El tratamiento electrónico de las arritmias cardíacas", y que va a culminar en su monumental obra "Cardiología 2000", publicada en cuatro tomos, que consta de casi 4000 páginas, y en la que colaboraron expertos de primer nivel en cada tema, tanto del país como de otros lugares del mundo, lo que evidencia el prestigio internacional que el doctor Bertolasi había logrado. Se trata seguramente del libro más abarcativo y actualizado de la especialidad, entre los que se han publicado en los últimos tiempos en idioma castellano, y actualmente es motivo de consulta en diversos lugares del mundo. Algunas de estas publicaciones recibieron premios de reconocidas y prestigiosas instituciones científicas.
Después de ocupar distintos cargos de ascendente jerarquía, su carrera médica hospitalaria culminó en 1979 como Jefe del Servicio de Cardiología del Hospital Argerich, a donde la había iniciado. Accedió a este cargo por concurso, como todos aquellos en que se desempeñó, y en él permaneció hasta 1993, cuando se jubiló.
Otro ámbito que le preocupó en el seno de la especialidad, fue el institucional, en el que intervino como activo miembro de la Sociedad Argentina de Cardiología, en la que desempeñó distintos cargos que culminaron con su elección como Presidente de la misma en 1974, año en que se realizó en Buenos Aires el VII Congreso Mundial de Cardiología, el primero realizado en América del Sur y que fue organizado en forma conjunta con la Federación Argentina de Cardiología, en aquel momento presidida por el doctor Horacio Cingolani. A este respecto cabe acotar, que desde la fundación de la FAC, en 1965, fue un permanente colaborar de la misma y todos sabemos de su activa participación en cuanta reunión organizada por la FAC era invitado.
En reconocimiento a su brillante trayectoria, el 4 de abril de 1998 la Academia Nacional de Medicina de Buenos Aires lo eligió como Miembro de Número, probablemente la distinción más apreciada a la que puede aspirar cualquier médico en nuestra patria. Como académico reemplazó a otro destacado Maestro de la Medicina Argentina, el doctor León de Soldati. El acto de incorporación se realizó el día 18 de agosto de dicho año. El doctor Oscar Morelli, que fue el Académico que lo presentó, expresó que entre los méritos más destacados que se habían evaluado y juzgado para proceder a su elección, consideraron los siguientes: "trabajo, responsabilidad, vocación de servicio, modestia, amplitud de criterio, profundos conocimientos médicos, particularmente en el área de la cardiología y, por sobre todo ello, como valor sustantivo e inapreciable, una inalterable conducta ética como expresión de sus convicciones personales más íntimas". Creo que estas palabras definen con absoluta justicia la personalidad de Bertolasi en su condición de candidato para integrar esa institución, pero si se considera su personalidad en forma integral, había otros atributos que lo distinguían, entre los cuales cabe destacar: su equilibrio emocional, mediante el cual mantenía la calma aun en circunstancias conflictivas o en situaciones adversas; su generosidad para transmitir sus conocimientos y experiencias a todo aquel que se lo requiriese; su sencillez para hacer sentir cómodo a su interlocutor, sin ningún tipo de discriminación; su inocultable compromiso con el país y con su gente, a los que conocía en casi toda su extensión y en las diversas variables de su idiosincrasia, por lo que tenía una visión amplia e integradora, en las que fundaba sus particulares ideas y pensamientos, a los que defendía con pasión y absoluta convicción en cualquier circunstancia, sin importarle si eran favorables o adversas; su capacidad creadora y su indomable voluntad para proyectar y construir estructuras institucionales que significaran progresos y eficiencia en el desempeño de sus funciones y en la gestación y el desarrollo de ambiciosos proyectos; su agudo sentido del humor y su fina ironía, que convertían a su conversación informal en una verdadera fiesta, con la que deleitaba a sus contertulios; su manifiesto amor por la familia que había creado junto a su esposa Charito, integrada por sus hijos, sus nietos y su bisnieto, a los que se prodigaba con conmovedora ternura y evocaba con indisimulado orgullo, en cuanta oportunidad le era propicia.
Como bien dice el doctor Morelli, todas estas facetas de la personalidad, eran respaldadas por una acrisolada honradez y una inclaudicable conducta ética. Esta es la visión y estos los sentimientos que me unieron al querido Kike en una amistad de casi cincuenta años de inalterada vigencia. La última vez que nos encontramos, compartimos la reunión en que se festejaban los 40 años de existencia de la Federación Argentina de Cardiología, el 22 de septiembre de 2006, cuando ya conocía el mal que lo aquejaba; fue entonces cuando descubrí una nueva faceta de su personalidad: la entereza y la dignidad con que asumió la sentencia que le había firmado el destino, de la que tenía plena conciencia. Al despedirnos me expresó su agradecimiento por todo lo que la vida le había brindado, luego de lo cual nos abrazamos fuerte y sostenidamente, mientras en mi fuero más íntimo yo rogaba que no fuera aquel el día de la despedida. Lamentablemente lo fue.
A partir de ahora, a todos los que recibieron los beneficios de sus generosas enseñanzas y de su conducta ejemplar, a los que lo conocieron y trataron y a los que nos honró con su amistad, nos cabe el deber de honrar a su memoria, con el reconocimiento y el agradecimiento que su condición de ser humano excepcional se lo merece.
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| El Dr. Armando Macagno, Presidente de la Academia Nacional de Medicina entrega al Dr. Carlos Bertolasi la medalla y el diploma que lo acreditan como académico. |
| Un buen escritor es alguien que puede hacer una adivinanza de una respuesta. |
KARL KRAUS
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Publicación: Abril 2008
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