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ARGENTINA: 40.000 MUERTES ANUALES POR TABAQUISMO.
¿NO SERAN MUCHOS SUICIDIOS?

 

Dr. Carlos Lorente



 

El tabaco ha sido consumido por el ser humano desde hace más de 2000 años.

En los últimos cincuenta años, el avance en el conocimiento acerca de los tremendos efectos perjudiciales que fumar provoca sobre la salud, ha sido importantísimo y se ha demostrado fuera de toda duda.

A pesar de eso, existen en la actualidad, alrededor de 1.100 millones de fumadores en el mundo, cifra que, lejos de tener una tendencia a la disminución aumenta día a día, y terminará causando la friolera de 250 millones de muertes.

Por otra parte, si no se producen cambios dramáticos en la frecuencia de inicio y cesación, si los niños comienzan a fumar de acuerdo a las cifras proyectadas y si la cesación no mejora sus cifras de manera contundente, la cantidad actual de fumadores pasará a ser de 1.640 millones en el año 2.025.

Algunas cifras que sorprenden:

  • Se producen, por fumar: 4 millones de muertes por año.
  • 1 millón de esas muertes afectan a los países en desarrollo.
  • 50 % de los fumadores muere por causas directamente relacionadas con el cigarrillo, 50 % de los cuales, lo hace a mediana edad.
  • Las tasas de mortalidad triplican a las de los no fumadores.
  • Los fumadores tienen en promedio, 25 años menos de expectativa de vida que sus pares no fumadores.
  • El tabaquismo se relaciona directamente y de manera inequívoca, con 25 enfermedades mortales.
  • Los fumadores tienen 20 veces más posibilidades de morir por cáncer de pulmón y 3 veces más posibilidades de morir por enfermedades cardiovasculares (infartos de miocardio y accidentes cerebro-vasculares)
  • 8 de cada 10 fumadores se inician en la adolescencia.
  • En los próximos 50 años el cigarrillo provocará la muerte de 500.000.000 de seres humanos.
  • 100.000.000 serán Chinos.
  • En el mundo, fuma el 40 % de la población entre 15 y 65 años.
  • En La Plata y el Gran Buenos Aires fuma el 50 % de la población entre 15 y 65 años.
  • La prevalencia mundial va en aumento: 32 % en 1.992, 36 % en 1.996 y 40 % en el 2.000.
  • Es la segunda causa de incendios en Gran Buenos Aires.
  • Fumar mata más gente que el Sida, los accidentes automovilísticos, los homicidios, los suicidios, el crack, la morfina, la cocaína y heroína, considerados en conjunto.
  • 9.000.000 de argentinos fuma.
  • 3.000.000 fuma más de 25 cigarrillos diarios.
  • 6.000.000 fuma entre 1 y 25 cigarrillos diarios.
  • 19 % comienza a fumar antes de los 15 años de edad.
  • 68 % comienza a fumar entre los 15 y los 20 años de edad.
  • Fuma el 3 % de los menores de 13 años.
  • El 6 % de los menores de 14 años.
  • El 15 % de los menores de 15 años.
  • 30 % de los médicos argentinos fuma.

Dada la indudable elocuencia de estos números, ¿cuáles son entonces, los motivos por los que, a su pesar igualmente se comienza a fumar?

La enorme mayoría de fumadores a los que se le pregunta si fumar es o no un placer, emiten sin dudar una respuesta positiva que consideran obvia.

Se encuentran convencidos, resultando en muchas ocasiones muy difícil poner en tela de juicio ese concepto, esa creencia que consideran tan firmemente establecida que resultaría ridículo cuestionar.

El concepto es que se fuma con el fin de obtener placer.

Si esto fuera cierto, cabría preguntarse acerca de la necesaria magnitud de tal placer.

Si la búsqueda del placer, explicara la conducta por sí sola, debería necesariamente revestir la suficiente jerarquía, como para justificar, por ejemplo, que un individuo enfermo de sus arterias coronarias, que se sabe portador de una angina de pecho (dolor de pecho por insuficiencia coronaria), que sabe además que de progresar su enfermedad, podría enfrentar la necesidad de una angioplastia o una compleja cirugía cardíaca, sufrir un infarto de miocardio, o aún peor, morir, se vieran superados por una tentación de tal intensidad que justificara la exposición, a pesar del flagrante riesgo.

Valdría considerar, no sólo la exposición a esos riesgos, otros muchos que no consideramos aquí, como el enfisema, la EPOC, el cáncer de piso de la boca, lengua, encías, laringe, esófago, tráquea, bronquios, pulmón, vejiga, esófago, estómago, colon...

Por otra parte, algunos fumadores refieren que no puede aplicarse la hipótesis del placer al respecto de todos los cigarrillos que se fuman en un día, pero que los que son verdaderamente placenteros son el primero del día y el de después de comer, o miles de variantes más: luego del acto sexual, después de rendir, durante la distendida charla de café con los amigos...

El resto, al parecer según la referencia más frecuente, se consumen en forma automática, independiente del tan mentado placer, sin conciencia, sin plena determinación de hacerlo.

Podría decirse que se fuma desordenadamente, con épocas de incremento y reducción aleatorias casi, determinadas por cambios circunstanciales del estado de ánimo.

Quizá a raíz de lo complejo de su situación, el fumador es un sujeto confundido.

No entiende algo.

Lo que no entiende es por qué fuma.

Esta, es una pregunta clave, que vale la pena contestar, porque en gran medida, dejar de fumar es encontrar la respuesta.

Para poder hacerlo, el fumador típico, debe retrotraerse al día D.

El día del desembarco del cigarrillo en su vida.

La invasión de un territorio, una conciencia en paz que súbitamente entra en conflicto.

La respuesta a la pregunta demanda tratar de recordar los pensamientos y razonamientos de aquel niño o adolescente no fumador, ansioso por entrar al mundo de los adultos.

Debe razonar y darse cuenta, que el día D, no fue aquel en el que fumó el primer cigarrillo, ni siquiera el día en el que concibió la idea de fumar el primer cigarrillo.

El verdadero día D, fue aquel en el que, con sus primeros destellos de raciocinio, fue adquiriendo lentamente conciencia de la realidad del mundo que lo rodeaba, emergiendo de la inconciencia del no ser, miró con capacidad de discernir a su alrededor por primera vez, vio a alguien fumando y lo registró como un hecho normal.

A partir de ese registro, se vive durante toda la niñez confirmando en la realidad del entorno y en la ficción de la propaganda convencional y subliminal, esa creencia de que fumar es normal.

No sólo normal, sino aparentemente placentero, deseable, un placer de tal magnitud que a pesar de que parece ser extremadamente perjudicial, (por lo menos en la opinión de algunos fumadores) éstos, no pueden sustraerse de hacerlo.

Razonemos, entonces, como el niño:
”Fumar, es tan malo que puede inclusive matarte, si a pesar de eso, tanta gente lo hace, debe ser tan placentero que vale la pena probarlo, total será un placer enorme hoy contra un peligro potencial indeterminado a futuro.”

Abonan la posibilidad de que se produzca la casi infaltable primera experiencia:

  • Las sospechas de que las advertencias en contra del inicio son exageradas.
  • La atracción que sobre el adolescente producen las conductas de alto riesgo.
  • El apuro del adolescente por llegar a la adultez.
  • La presión de los pares que ya han caído en la trampa.
  • La desilusión íntima y secreta.

A qué nos referimos con la desilusión:
Cuando el niño introduce el maloliente humo por vez primera en su boca, sufre la primera desilusión al percibir el mal sabor del humo, sorprendido, ya que esperaba todo lo contrario.

La segunda desilusión no se hace esperar y ocurre al aspirar el humo, que al entrar en una vía respiratoria, virgen de agresiones previas, reacciona con un acceso de tos, determinada por el tremendo poder irritante de un tóxico tan potente que irrumpe en la suave, húmeda, y hasta ese momento rosada y saludable mucosa respiratoria del nobel fumador que sufre el mal sabor, la tos, la sensación de ahogo, mareos, náuseas, transpiración y miedo de haber enfermado gravemente en forma súbita y al ridículo frente a los amigos que podrían considerarlo no apto para compañía por no ser capaz de fumar como todo el mundo.

En esa circunstancia el adolescente se siente distinto, en sentido de inferior, o más débil que aquellos que parecen tolerar fumar sin presentar estos síntomas, y que se burlan, indulgentes, disculpándolo por esa supuesta debilidad, aunque secretamente guardan para sí mismos negando o minimizando, haber pasado por una experiencia propia similar o aún peor.

Cómo sigue la trampa:
Razonamiento subsiguiente:
Tengo un secreto: El cigarrillo me parece espantoso.

Voy a:

  • Cambiar de marca, para ver si encuentro una que me agrade.
  • Fumar bastante cuando esté solo para ver si me acostumbro y puedo llegar a hacerlo como un/a verdadero/a hombre o mujer.

Total, estoy super-protegido.

¿Cómo voy a volverme adicto a algo tan horrible?
Consecuentemente, resuelvo:
Voy a fumar para ver si puedo descubrir aquello que parecen disfrutar los demás al hacerlo, total, dado que a mi fumar, en realidad me desagrada, en cuanto quiera, lo dejo.

Unas semanas después, el nuevo adicto (prisionero) fuma el primer cigarrillo de la mañana porque sus niveles de nicotina, han descendido a un nivel en el que los receptores neuronales de los circuitos cerebrales de la recompensa y el placer, se encuentran desprovistos de la droga que induce su liberación y porque de esa forma, aumenta el supuesto placer que fumar le produce, al hacerlo con un grado significativo de desintoxicación mediado por las horas de abstinencia de la droga.

Este mecanismo de renovación constante del circuito:

Carencia / incorporación / nueva carencia, principalmente de nicotina, que con la simple aspiración del humo, llega al cerebro en menos de siete segundos de la primera pitada.

A partir de allí, se desarrolla un reflejo condicionado, determinado por la rapidez de la relación causa/efecto, humo-placer, que informa al cerebro en innumerables oportunidades sobre la inmediata manera de trocar el displacer de la privación de la sustancia adictiva en placer mediado por neurotransmisión dopaminérgica, lo que crea una unión psicológica estrecha que determina el nacimiento de la creencia inconciente de la necesidad.

Fumar, se hace necesario, y la vida comienza a ser vivida, de manera inconciente, con el constante auxilio del cigarrillo que se incorpora primero como acompañante y luego casi como protagonista, capaz de aliviar o suavizar el más intenso dolor, calmar la peor de las crisis, imprescindible herramienta para estudiar, escribir, componer, indispensable antes de rendir, después de hacerlo, antes durante y luego del trabajo solitario y del trabajo grupal, para inducir el sueño y para despertar, como calmante y como estimulante, como justo premio o castigo, porque el equipo gana, pierde o empata, porque falta mucho para que termine el partido o porque falta poco, porque hay mucho trabajo o porque no se vende nada, porque estamos aburridos, cansados, stressados, tristes, alegres, indiferentes, distraídos, atentos, solos, acompañados...

Se fuma esgrimiendo múltiples y cambiantes pequeños pretextos...

Total, un cigarrillito más, no importa.


EL PLACER DE FUMAR


En la vida del fumador, la instalación de la necesidad por fumar, se establece, generalmente, en cuestión de días.
Son días de exploración durante los cuales, los adolescentes comparten habitualmente en grupo, la nueva experiencia, excitante, prometedora, símbolo del comienzo de una nueva etapa de la vida, más libre de ataduras, más rebelde, transgresora, independiente.

El cigarrillo es sobre-utilizado en esta etapa dada su condición de novedad.

Se fuma para acostumbrarse, para enfrentar al mundo con una nueva arma que parece facilitar algunas cosas.
Se fuma a escondidas pero con la esperanza de que esta etapa en la que es necesario ocultarse, pase rápido, porque el otro condimento, es el de la adquisición de un nuevo status frente a los pares y frente a la sociedad.

“Ya está grande. Ya fuma. Ya fuma delante de los padres.” Mágico pasaporte al mundo adulto.

Cada cigarrillo consumido acerca más al adolescente que experimenta a la etapa de fumador establecido, que generalmente en pocas semanas fuma en una base diaria, pasando a incrementar sin prisa pero sin pausa, el número de unidades consumidas por día.

El logro de la tolerancia de los efectos colaterales de fumar, se establece paralelamente a la adicción.
Un día cualquiera, dentro de las primeras semanas de consumo, el proceso cambia casi insensiblemente su característica benigna y muestra por primera vez la condición que lo convierte en adicción mortal, terminando con la efímera etapa en la que fumar puede clasificarse con el erróneo apelativo de hábito.

Podría especularse, que el hábito de fumar, sencillamente no existe.

Por un lado, la adicción se establece en tan corto tiempo, que el lapso que media entre el primer cigarrillo que se fuma y el establecimiento de la adicción es tan corto, que no da tiempo a que se establezca una costumbre o un hábito.

La condición adictiva, se presenta por primera vez, disfrazada de deseo intenso de fumar de presentación espontánea.

Si este deseo se presenta en un momento en el que no puede ser satisfecho en forma inmediata, queda latente, exigiendo su satisfacción en el menor lapso de tiempo posible.

El grado de demanda, es, al principio poco intenso, provoca una leve sensación de carencia y es tolerable, sobre todo para aquellos que encuentran placer en la postergación de una satisfacción.

Si hay algo que evoluciona en forma rápida en el establecimiento de la adicción es el aumento de la intensidad y jerarquía de la sensación de carencia, del hambre de cigarrillo, más desagradable intenso y persistente aún que el hambre por comida.

Aquellos que no consiguen postergar la satisfacción, transgreden, fuman en los recreos, establecen rutinas para fumar preventivamente antes de entrar a algún lugar donde saben que no podrán hacerlo por un período determinado de tiempo, calculan cómo fumar, cuándo, programan sus actividades en función de eso y se transforman rápidamente en fumadores empedernidos, por largos períodos, algunas veces para siempre.

Los que pueden dominar sus ansias por fumar más eficazmente, tardan más tiempo en evolucionar, pero caen casi indefectiblemente en la misma trampa, reconociéndola como tal cuando ya es tarde y se encuentran atrapados en la adicción.

Durante la niñez y la adolescencia, épocas de la vida en las que, como se ha visto, alrededor del 80% de los fumadores comienzan a consumir sus primeros cigarrillos, se empieza a fumar no con una frecuencia diaria y con aparente dominio absoluto de la situación.

Esto, brinda la falsa sensación de poder fumar o no hacerlo, en forma totalmente voluntaria.

El poder de decisión, se mantiene, es cierto en los comienzos, pero imperceptible, rápida y progresivamente, el dominio cambia de manos en virtud del desarrollo de la adicción, que pasa a comandar el consumo en forma independiente de la voluntad, perdiéndose en forma más o menos rápida, la libertad.

Es como internarse en un gigantesco laberinto dentro del cual, apenas se ingresa, la mente se obnubila, el sentido de orientación se pierde, y el fumador se ve obligado a pasar el resto de su vida intentando, muchas veces infructuosamente escapar.

En muchos casos, la adicción adquiere un carácter compulsivo severo y se transforma en un serio problema muy rápidamente, producido esto porque la incorporación de la droga adictiva, se realiza desde el principio en dosis importantes, con un promedio de 10 pitadas (10 dosis), por cada cigarrillo.

En otras ocasiones, la adicción adquiere un genio evolutivo menos rápido e intenso, conservando su carácter progresivo a través de los meses y años.

Sólo en unos pocos casos la adicción se desarrolla escasa o lentamente, por lo que, un pequeño porcentaje de fumadores conserva mucho de su poder de decisión, y es capaz de liberarse del cigarrillo en forma relativamente fácil, sin las dificultades que hacerlo le plantea al resto, cuando se lo propone.

La industria tabacalera, ha estado en pleno conocimiento desde inicios de la década del 60 de la capacidad adictiva de la nicotina. No sólo negaron sistemáticamente este hecho, sino que utilizaron este hecho para incrementar la potencia adictiva de la droga mediante el agregado de amoníaco al tabaco.

Al quemarse el tabaco conteniendo amoníaco, el humo resultante se vuelve más alcalino, y cambia la forma química de la nicotina de forma tal que atraviesa más fácilmente la barrera hematoencefálica incrementando sus propiedades reforzadoras y su capacidad adictiva.

Al aspirar el humo de un cigarrillo, se produce un pico de nicotina en sangre que calma las ansias de fumar del adicto. A las dos horas de haber inhalado, la cantidad de nicotina disuelta en sangre disminuye al 50 % pero en general, antes de que pase ese tiempo, el fumador ha incorporado una nueva dosis que mantiene un nivel basal de nicotina constantemente alto.

Como consecuencia de esto, el fumador siente que debe fumar para sentirse bien, y confunde la cesación brusca del displacer, que le produce la incorporación de la droga, con un verdadero placer.

Los síntomas que desencadena la abstinencia, por otro lado, generalmente relacionados con el craving o deseo irrefrenable por fumar, producen en el adicto la convicción de que el cigarrillo es esencial para su bienestar y jamás se decide a cortar el círculo vicioso.

La adolescencia, es un período de la vida caracterizado por el descubrimiento constante, una época en la que casi todo se hace por primera vez, en la que comienzan a establecerse relaciones afectivas con personas fuera del ámbito de lo estrictamente familiar y en la que, el deseo de ser aceptado por los demás, es muy intenso.

Se persigue la reducción de la distancia entre uno mismo y los demás, ser sociable y sentirse socializado, ser, en definitiva, “como los demás”, estar compenetrado con los otros en la última moda (cigarrillo, comida, ropa, autos), conformar al grupo y agradar, siendo popular, visualizando como obstáculo ser diferente, sin compartir ni guiarse por los criterios del grupo, para terminar entonces pagando el precio con la soledad y el desprecio y la descalificación de la mayoría.

Por otra parte, la noción de riesgo para la salud, enfermedad y muerte, no se perciben en esta época de la vida en su real dimensión, sufriendo estos conceptos la minimización que impone la aparente sensación de invulnerabilidad propia de la juventud, lo que se une al atractivo que las conductas de riesgo tienen para el adolescente que vive la transgresión como ejercicio de su supuesta independencia de criterio, un criterio por otra parte deformado por la falta de información, o lo que es peor la información tergiversada y engañosa de la propaganda convencional y subliminal de la que el adolescente es blanco permanente.

Las inseguridades personales y las carencias de la adolescencia, funcionan entonces sin oposición alguna, como catalizadores de acciones tendientes a lograr la inefable sensación de ser parte del grupo, casi a cualquier precio, no escatimando en gastos ni en recursos.

La existencia de un vacío en la educación y en la formación teórica del individuo, deja que otros dos elementos jueguen un rol preponderante en la determinación de las conductas: el ejemplo y la propaganda.

Desde muy pequeños, el subconsciente de los niños, se ve atacado por información publicitaria que asegura múltiples beneficios derivados de fumar, haciendo aparecer al cigarrillo como uno de los objetos más importantes de la vida, sin el cual no parece poder disfrutarse de nada plenamente.

 El chiste gráfico del condenado a muerte que pide un cigarrillo como último deseo, envía un mensaje al subconsciente que dice que el cigarrillo es una de las cosas más importantes en la vida.

Tener uno o ambos padres, un hermano o amigos fumadores, funciona como un importantísimo condicionante y aumenta enormemente las posibilidades de que el adolescente fume, por efecto del ejemplo y porque generalmente el padre fumador no aconseja a sus hijos no fumar, por temor a nos ser escuchado, sentirse con falta de autoridad moral para el consejo, etc.

Fumar, funciona como un rito de iniciación hacia la adultez, proporcionando algo de la ansiada seguridad, crea la ficción de pertenecer, asimila subconscientemente al fumador con la imagen del triunfador del corto publicitario, brindando confianza, convirtiéndose de esa forma el cigarrillo, en un compañero inseparable al que se recurre cada vez que se desea no desentonar con el comportamiento que el individuo supone, el grupo espera de él (y de hecho lo hace).

Se publicitan imágenes de ídolos deportivos, vaqueros que invitan a ir a su mundo, aventureros y triunfadores que parecen tener todos la característica común de la adicción al cigarrillo.

Todo esto, termina por hacer que se desprecien las estadísticas.

Los esfuerzos deben orientarse a revertir esta situación, con todos los recursos al alcance, para lograr que los niños no caigan en la trampa y que los adultos fumadores, consigan abandonar tan perjudicial adicción a las drogas, aunque en este caso se trate de una de consumo legal.


Por qué no se abandona


El problema de la toma de la decisión.

Por lo general, la decisión de dejar de fumar, resulta muy difícil de adoptar para la mayoría de las personas.
Esa (in)decisión, se vive como un conflicto permanente en muchos casos, lo que generalmente lleva a que su constante y repetida postergación por tiempo indeterminado, sea la regla más que la excepción.

Contribuyen, con el desarrollo de este fenómeno, muchos factores, a saber:

La creencia, errónea por cierto, por parte del fumador de que la tarea de abandonar la adicción es extremadamente dificultosa y que demandará importantes e interminables sacrificios. La sensación de carencia de los primeros días sin fumar, se comporta como la deprivación de agua o alimento.

La perspectiva engañosa, es representada por un razonamiento que señala que si el apetito por un cigarrillo, es intenso hoy, será, por regla natural más intenso mañana y por lo tanto en el futuro (y para siempre), y que en la medida que no se satisfaga, con el aporte de la substancia anhelada, el deseo insatisfecho permanecerá estigmatizado para siempre.

El temor de perder un recurso que permite enfrentar los momentos difíciles y con el que, por otra parte, acompaña también casi infaltablemente, los momentos agradables. El estudio, el trabajo, el stress, la distracción, la tensión, el momento de relax, en medio de la vorágine de la tarea y en la pausa, en soledad y en compañía, en la reunión y en la intimidad, antes del examen y luego de rendido, después de la discusión, de la comida, del sexo, con el vino, el whisky, el coñac y el amigo, en la fiesta y el velorio, en la cancha, ante la tele o con un buen libro. El fumador, considera estas, y otras muchas, circunstancias como imprescindiblemente asociadas con el cigarrillo.

Se desarrolla así una doble certeza de imposibilidad a saber:

- A partir del abandono, los momentos difíciles se tornarán imposibles de enfrentar, al no poder vivirlos con el imprescindible auxilio del cigarrillo.

- A partir del abandono, los momentos agradables perderán buena parte de su cuota de goce al no poder ser vividos con la invalorable compañía del cigarrillo.

Existe además, una sensación de autoeficacia baja, que se expresa como escasa confianza en el logro del objetivo.
Un marcado sobredimensionamiento de las dificultades a enfrentar durante la tarea de abandonar, que abarca tanto la idea magnificada del grado personal de adicción como la jerarquía y la duración de los síntomas de la abstinencia.

En ocasiones, los fumadores, pierden las esperanzas de abandonar, luego de haber realizado uno o varios intentos infructuosos, durante los cuales, en muchos casos, soportaron los deseos de fumar durante horas, disminuyeron transitoriamente el número de cigarrillos consumidos, o aún llegaron a no fumar durante variables períodos de tiempo, para recaer inevitablemente en la adicción desarrollando, por esa experiencia, la convicción de que, ndependientemente del método empleado para hacerlo, dejar de fumar es imposible, sin tener en cuenta que no han utilizado varios métodos, sino uno solo, invariablemente equivocado, varias veces.

Una increíble capacidad, que se desarrolla conjuntamente con la adicción y cuesta desterrar, para minimizar y aún negar los perjuicios que el cigarrillo provoca sobre el organismo, con razonamientos insustentables con los que se mantiene, sin embargo, la adicción.

¿Quién no ha escuchado hablar de aquel famoso tío, que fumó toda su vida y nunca enfermó, o de aquel individuo que nunca fumó y a pesar de ello murió de cáncer? ¿Quién no fue testigo de las palabras de justificación de un fumador que razona y pregunta, algo como: Si con la vida que tengo no voy a poder siquiera fumarme un cigarrillo, ¿ para qué vivo?
 La inercia. Entendida esta como el mantenimiento de un statu quo, a pesar de la conciencia de daño, y de la conciencia de beneficio potencial al abandonar, a raíz de una falta de determinación de cambio.

 La sensación que se genera a partir de la decisión de abandonar tipo “pague ahora disfrute después”. Esto sucede porque, generalmente al dejar de fumar, resulta mucho más fácil objetivar las desventajas de la situación que se vive en el momento del abandono y en los días sucesivos, y por el contrario muy difícil objetivar y verificar las ventajas que se vivencian como vacías promesas para el largo plazo.

Las dificultades son aquí y ahora.

Los beneficios son allá lejos, dudosos y dentro de mucho tiempo.

Es así como, día tras día, en el curso de la vida de un individuo adicto, veinte, treinta y en muchas ocasiones muchos cigarrillos más, son consumidos casi resignadamente, bajo la premisa falsa de que el abandono es imposible, o extremadamente improbable, que no vale la pena porque el daño ya está hecho, que uno más no importa.

El fumador es un individuo que se encuentra generalmente atrapado en un conflicto que ni siquiera alcanza a entender y que vive con la secreta sensación de que, por un lado en su caso personal, el carácter de su adicción es de mayor jerarquía que el de la mayoría de los fumadores, y por el otro, que el grado de daño que el cigarrillo provoca, en su caso particular, es menor, dado que no fuma más que un número determinado de cigarrillos diarios ( a veces la cifra que considera segura es llamativamente alta ), porque no fuma por las mañanas, porque usa boquilla, no fuma los fines de semana, porque dice no aspirar el humo y no importa cuántos pretextos más, que le sirven para continuar fumando con un nivel tolerable de tranquilidad.

Existe también en todo adicto, una suerte de pensamiento ambiguo y contradictorio que determina por su parte, una situación en tal grado paradójica que mientras se encuentra fumando, preferiría no estar haciéndolo y por contrapartida mientras no lo está haciendo, no puede desalojar de su conciencia el deseo por el preciado próximo cigarrillo.

Día tras día, ignorando advertencias y consejos bienintencionados, casi de manera ritual, se renueva el acto, incontables veces, inconciente, automático, sin control alguno por parte de la que podríamos llamar la victima.

Por lo general, el conflicto presenta distintas aristas que determinan la aparición de una interminable variedad de respuestas, lo que lleva a que no existan dos fumadores iguales.

Las diferencias se establecen en relación al sexo, la edad, el número de cigarrillos fumados por día, el grado de adicción, los disparadores del deseo, la repercusión física del consumo, el tiempo de evolución, el grado de tolerancia a la frustración, el nivel intelectual, emocional, afectivo, social, económico, el tipo y grado de motivación para el cambio, la ocupación, el contexto familiar, nivel de stress emocional, calidad de vida, presencia o ausencia de enfermedades derivadas del cigarrillo, y tantos otros factores que diferencian una persona de otra.

Para finalizar, deseo enfatizar una contradicción de que la que participa la sociedad entera.

Como primera medida, debemos puntualizar la responsabilidad del gobierno, y en nuestro caso la misma Presidencia de la Nación Argentina y el propio Congreso Nacional, ya que el nuestro es el único país latinoamericano, que habiendo firmado el Convenio Marco de la Organización Mundial de la Salud para el Control del Tabaquismo (CMCT), aún no lo ha ratificado.

La ratificación del CMCT, proporcionaría recursos económicos y legislación para la lucha contra este flagelo, pero en apariencia otros son los temas que preocupan a nuestros gobernantes, decidiendo temas de gran trascendencia como la ubicación de la estatua de Cristóbal Colón, el Congreso ocupadísimo en la ley de blanqueo de capitales… Propiciamos la fertilización asistida de niños a los que luego expondremos al humo de tabaco pasivo…

La indiferencia permite así, que una de cada 8 personas que muere por culpa del tabaco, no haya fumado nunca, víctima del humo de segunda mano.

El 40 % de los niños argentinos está expuesto al humo de tabaco en su hogar.

Según la Organización mundial de la Salud, un tercio de las 600.000 muertes anuales derivadas del tabaquismo pasivo son sufridas por los niños por su exposición al humo de tabaco en la propia casa.

El estudio, realizado en 192 países, encontró también una mayor predisposición de los niños expuestos a muerte súbita infantil, neumonía y asma bronquial.

La comunidad médica, carga también con enorme responsabilidad.

Gran porcentaje de los médicos, por múltiples razones, no da consejo antitabaco a sus pacientes fumadores ni deriva a los mismos a centros de atención acordes con la magnitud del problema.

No se considera, dentro de la comunidad médica al tabaquismo como una verdadera enfermedad y sorprendentemente, médicos que se preocupan genuinamente por el aumento de las cifras de colesterol o triglicéridos, de la glicemia o de las cifras tensionales de sus pacientes, ignoran de manera supina el consumo de tabaco.

El propio paciente frecuentemente encara el problema de su adicción sin siquiera considerar la búsqueda de ayuda especializada.

Nadie duda en consultar acerca del control de la diabetes, las dislipemias, la hipertensión.
Casi nadie considera que existen tratamientos para el tabaquismo, que tiene un nivel de éxito terapéutico bajísimo cuando se encara como autotratamiento.

Ignorando los peligros de seguir fumando, muchos fumadores sopesan cuidadosamente los potenciales efectos colaterales de los medicamentos usados para cesar con la adicción, sin considerar los riesgos de continuar fumando, que son obviamente, comparativamente enormemente mayores.

Este artículo destinado a la comunidad, se encuentra orientado a la difusión de un punto de vista, abarcativo de sólo unos pocos aspectos de este problema, no necesariamente aplicables a cada caso, dada su enorme complejidad.

Asimilo la posición de quienes actuamos en tabaquismo, como la de prestadores de salud, que asisten en silencio al triste espectáculo que daría una fila interminable de individuos caminando hacia un abismo, sus ojos vendados, sus oídos sordos a los gritos de advertencia, nunca suficientemente intensos no frecuentes.

Bastará que sirva para alertar a los distintos actores, sobre esa condición, fomentar nuevos debates y poner al problema en la agenda de todos (los más grandes y los más pequeños) los que tienen algún grado de responsabilidad en el manejo individual o colectivo del problema.

En la página web de la Fundación Cardio, www.fundacioncardio.org.ar entidad que tengo el honor de presidir, puede participar Ud. en la constitución de un Registro Nacional de adherentes pro-ratificación del Convenio Marco para el Control del Tabaquismo.

Muchas Gracias.
Dr. Carlos Lorente.

 






 

 

 
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